Crónica Dominical [El cinematógrafo]

«La cámara oscura hizo con una fiesta, con un desfile, con una muchedumbre, lo que el naturalista hace con las mariposas: sale al campo, las caza, las atraviesa con un alfiler y con las alas abiertas las prende en los cartones de su colección.»

Luis G. Urbina


  • Crónica Dominical


  • Luis G. Urbina

    Su nombre completo era José Juan de Mata, Luis de la Concepción Urbina y Sánchez. Poeta, cuentista, cronista, crítico teatral y diplomático. Nació en la Ciudad de México el 8 de febrero de 1864. Hijo de Luis Urbina y Alardín y Brígida Sánchez. Su madre murió al darlo a luz; pasó su niñez pobremente con su abuela paterna, mientras su padre trabajaba en el Ayuntamiento. Estudió en la Escuela Lancasteriana. Tras la muerte de su abuela, acompañó a su padre a Chimalhuacán, en donde éste fue profesor.

    Volvió a la Ciudad de México, continuó sus estudios con dificultad y abandonó la casa de su padre cuando él se casó de nuevo. Se dice que estudió en la Escuela Nacional Preparatoria –pero no hay documentos que lo prueben– gracias a la protección de Sebastián Cortés. Fue autodidacta, gran lector, escribió poesía desde los 17 años de edad y buscó espacios de publicación en periódicos y revistas. Casó a sus 22 años con Luz Rosete, cercana a los 40 años, quien ya tenía un hijo y poseía un estanquillo.

    Juan de Dios Peza dio a Urbina un espacio en su periódico El Lunes, y lo introdujo en las tertulias de la Botica Francesa, en las que participaban Manuel Peredo, Alfredo Chavero, Luis G. Ortiz y Justo Sierra. Conoció a otros escritores consagrados de las letras mexicanas como Vicente Riva Palacio, Guillermo Prieto, José María Bustillos, José Juan Tablada, Manuel José Othón y Manuel Gutiérrez Nájera; fue con este último con quien Urbina construyó una amistad cercana y a quien reconoció como guía; Justo Sierra fue, sin embargo, su mentor y estímulo. En 1890 participó en el Liceo Mexicano, integrado por Gutiérrez Nájera, Enrique Fernández Granados, Bustillos, Ángel de Campo y Luis González Obregón, entre otros. En ese año inició su carrera como autor de recopilaciones poéticas propias y libros de crónica.

    Comenzó a trabajar como escribiente. En 1896 obtuvo un puesto en la Secretaría de Hacienda. En 1898, ligado a los modernistas, participó en el órgano difusor del grupo, liderado por Bernardo Couto y luego por Jesús E. Valenzuela.

    En 1901 fungió como secretario particular de Justo Sierra, recién nombrado subsecretario de la Secretaría de Instrucción Pública. Su relación con los modernistas se rompió debido a las características cercanas al Romanticismo presentes en la obra de Urbina, y a causa de su relación con Sierra.

    En 1903 fue nombrado profesor de lengua nacional en la Escuela Nacional Preparatoria. En 1905, creada la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, mejoró su condición económica y pudo dedicar más tiempo a su obra y su relación con los autores contemporáneos, sin importar su filiación literaria; apoyó en especial a los miembros del Ateneo de la Juventud.

    En 1911, con el estallido de la Revolución mexicana, renunció en marzo a su cargo de secretario particular y se dedicó a la vida bohemia y sus ocupaciones en la prensa, junto con Enrique González Martínez, Francisco M. de Olaguíbel, Rubén M. Campos y Manuel M. Ponce; lo primero hizo crisis con su mujer, lo segundo, con el gobierno en turno, por sus editoriales en El Imparcial. Al año siguiente Sierra se marchó a España con el cargo de ministro plenipotenciario, en cuya función murió en septiembre; Urbina dirigió El Imparcial desde ese mes y hasta diciembre, antes de su cambio de propietario y posterior final.

    En 1913, durante el gobierno de Victoriano Huerta, Urbina fue director de la Biblioteca Nacional de México; su labor trató de alejarse de la política y enfocarse en la literatura. Al siguiente año, dio una conferencia sobre teatro mexicano en el Teatro Nacional y leyó una disertación en la Librería General, pero fue detenido el 19 de septiembre como presunto colaboracionista. Gracias a la intervención de Isidro Fabela, entonces ministro de Relaciones Exteriores, fue liberado rápidamente.

    En 1915 se exilió en La Habana, junto con Manuel M. Ponce y el violinista Pedro Valdés Fraga; vivió de escribir en diversos periódicos y trabajando como profesor particular.

    En 1916 viajó a España como corresponsal de El Heraldo de Cuba. En Madrid, recibió ayuda de Amado Nervo y del actor Alfredo Gómez de la Vega; fue introducido en los círculos literarios y conoció a Juan Ramón Jiménez, José Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno, José Martínez Ruiz (Azorín) y trabó amistad con Francisco Villaespesa, con quien fundó la revista Cervantes. Isidro Fabela y Gabriel Alfonso lo alcanzaron en el exilio y Fabela lo invitó a Buenos Aires, donde él sería ministro plenipotenciario de México en Argentina.

    En 1917 (del 26 de abril al 2 de agosto) estuvo en Buenos Aires y dictó sus conferencias sobre literatura mexicana en la Facultad de Filosofía y Letras de la universidad de esa ciudad; luego volvió a España.

    Viajó a México, ganada la confianza del presidente Venustiano Carranza, y fue nombrado el primer secretario de la Legación mexicana en Madrid, por lo que volvió a España y mantuvo el cargo del 5 de julio de 1918 al 10 de junio de 1920, hasta el asesinato de Carranza. En ausencia, fue nombrado miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, correspondiente de la española, el 11 de septiembre de 1918. Al año siguiente no tuvo mucha actividad, pero la Editorial Cultura publicó una selección en la que Urbina no intervino, Poemas selectos, prologada por Manuel Toussaint.

    A inicios de 1921 viajó a Italia, impulsado por sus amistades. Fue invitado a participar en el periódico Excélsior y a volver a México, lo cual hizo después de visitar París. La realidad periodística que vio Urbina –distinta de la que él conocía– lo rechazó con su contenido noticioso. Fue homenajeado por su previo ingreso a la Academia Mexicana y aceptó el cargo de primer secretario de la Comisión de Cultura “Paso y Troncoso”, de la Secretaría de Educación Pública, que lo hizo volver a España. El 13 de junio, antes de partir, recibió un homenaje en el salón principal del Palacio del Ayuntamiento.

    En 1923 comenzó a enviar colaboraciones a El Universal, y declaró a Genaro Estrada su convencimiento acerca de la necesidad de un cambio generacional en la poesía mexicana.

    Cuando Francisco A. de Icaza, encargado de la Comisión, murió en 1925, Urbina volvió a México para recibir nuevas instrucciones y nombramientos: profesor especialista en Arqueología y comisionado en el Museo Nacional de Historia, Arqueología y Etnografía; nombrado también secretario del museo, volvió a España el 13 de agosto del mismo año para encargarse de la Comisión “Paso y Troncoso”, como director, desde el 1º de enero de 1926. Vivió entre Sevilla –donde visitaba el Archivo de Indias– y Madrid, y comenzó a presentar problemas de salud.

    En 1929 fue jefe técnico de la misión mexicana que participó en la Exposición de Sevilla, y entregó a su amigo Francisco Orozco Muñoz el manuscrito del que sería su último libro de versos.

    El 9 de febrero de 1930 suspendió su actividad literaria en El Universal y se retiró de la vida pública. Dedicó su tiempo a bibliotecas y archivos, así como a conversar con sus amistades. Casó con Camila Ruiz Peñalver, su ama de llaves y compañera de los últimos años; determinó que tras su muerte fuera sepultado en el cementerio de Vicálvaro.

    Murió en Madrid el 18 de noviembre de 1934; en diciembre de ese año su cadáver llegó a Veracruz, y el día 13 fue enterrado en la Rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón de Dolores.

    Luis G. Urbina inició su carrera periodística en El Lunes, de Juan de Dios Peza. Escribió en La Juventud Literaria (1887), El Combate, La Familia, Revista de México (1889), El Siglo Diez y Nueve (1888, 1891-1893), El Universal (1891, 1895-1896, 1923-1930), El Partido Liberal (1893), El Renacimiento (1894), Revista Azul (1894), El Mundo (1896-1898), El Mundo Ilustrado (1898, 1907-1908; llegó a ser su director), Revista Moderna (1898), El Imparcial (1898-1906, 1907-1912) y La Semana Política (1925-1926).

    Publicó Versos (1890, prologado por Justo Sierra), Ingenuas (1902), Puestas de Sol (primer libro de prosa, 1910), Lámparas en agonía (1914), Cuentos vividos y crónicas soñadas (1915), El glosario de la vida vulgar (1916), Bajo el sol y frente al mar (1916), La Literatura mexicana durante la Guerra de Independencia (1917, reproducción de su texto en la Antología del Centenario), Antología romántica (1917, selección de sus primeros libros de poesía), La vida literaria de México (1917, reúne sus conferencias bonaerenses, en la Librería General y en el Teatro Nacional), Estampas de viaje (1920), El corazón juglar (1921), Crónicas cromáticas, Psiquis enferma (1922), Hombres y libros (1923), Luces de España (1923), Los últimos pájaros (1923) y El cancionero de la noche serena (1941, prologado por Alfonso Reyes y Gabriel Alfaro); participó con la introducción en la Antología del Centenario (1910, con Justo Sierra, director, Pedro Henríquez Ureña, Nicolás Rangel y Rafael Heliodoro Valle) y México a través de los siglos (1910).

    Su obra literaria tiene tres facetas importantes: poeta, cronista y crítico. Urbina es considerado uno de los más grandes poetas mexicanos y constituye un puente entre los románticos y los modernistas, porque conserva elementos de ambas corrientes y, sin embargo, supo mantenerse alejado de cualquiera de ellas. Sus textos cronísticos son muy abundantes, sobre todo por sus evocaciones de México, tanto de sus paisajes como de sus habitantes, y sus viajes a Cuba y España. En México, como crítico teatral tuvo gran amplitud de cobertura en los espectáculos.

    Luis G. Urbina usó los seudónimos de Curioso, Daniel Eyssette, El Implacable (compartido con Carlos Díaz Dufoó y Francisco Javier Osorno), Juan Sin Tierra, L., L. G. U., Luis, Juan Prouvaire, Raff, Riff-Raff (colectivo con otros escritores de El Siglo Diez y Nueve) y X. Y. Z.

  • 3-9, comentario, Crónica dominical

  • Luis G. Urbina, “Crónica Dominical” [El cinematógrafo], en El Universal, 2ª época, t. xiii, núm. 967 (23 de agosto de 1896), p. 1.

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